Redes eléctricas: columna vertebral del modelo industrial
En plena transición energética, las redes eléctricas han dejado de ser una mera infraestructura técnica para convertirse en un verdadero eje de desarrollo económico. Su capacidad para adaptarse al crecimiento de la demanda determinará no solo el éxito de la descarbonización, sino también el futuro industrial de España.
Las cifras son elocuentes: según un estudio de EY y el Instituto de Investigación Tecnológica, la demanda eléctrica aumentará entre un 33 % y un 54 % en 2030 respecto a 2025, y podría duplicarse para 2035. Atender ese salto implica invertir entre 4.500 y 6.300 millones de euros anuales en redes de distribución, un esfuerzo que solo se justifica si entendemos la electrificación como una palanca de competitividad y no como un coste.
El despliegue de nueva capacidad renovable y la electrificación de la industria, la vivienda y el transporte suponen un cambio de paradigma. España dispone de energía limpia abundante y barata, pero necesita redes capaces de canalizarla hacia los polos de consumo y los nuevos vectores industriales: hidrógeno verde, centros de datos, puertos electrificados o plantas desaladoras.
Sin una red moderna, digital y mallada, el país corre el riesgo de desaprovechar la ventaja competitiva de sus recursos renovables y de frenar el desarrollo de un tejido industrial descarbonizado. El reto, por tanto, no es solo técnico: es estratégico. Las redes son el eslabón que conecta la transición ecológica con la reindustrialización sostenible.
El proyecto de Real Decreto que incrementa los límites de inversión en redes un 62 % respecto al PIB apunta en la dirección correcta, pero debe acompañarse de visión de país, agilidad administrativa y estabilidad regulatoria. Anticipar la transformación del sistema eléctrico no es un lujo, es una necesidad para no perder oportunidades de inversión, empleo y liderazgo tecnológico.
Si España quiere ser un referente industrial verde, debe entender que la electrificación no empieza en la fábrica ni en el hogar, sino en los cables, subestaciones y centros de transformación que vertebran el territorio. Las redes eléctricas son, en definitiva, la infraestructura invisible que sostiene el crecimiento visible.